La fuerza del mito etnonacionalista y el bolivarianismo
BOLIVAR HABLA DEL QUETZALCOATL O “INKARRI MEJICANO”


Ahora que está en boga, con la retórica chavista , el tema del “Socialismo del s. XXI” en el que se conjuga el mensaje antiimperialista (más exactamente “antinorteamericano”) bolivariano con la causa etnonacionalista de los pueblos cobrizos, viene a colación un pasaje de las “Cartas de Jamaica” –escritas por Simón Bolívar en vísperas de iniciar su periplo liberacionista- sobre la vigencia “etnorreligiosa” del Quetzalcoatl azteca/maya como dínamo insurgente y unificador de las poblaciones oprimidas de la América autóctona. Asimismo anticipa lo que los antropólogos criollos del s. XX y s. XXI recién acaban de descubrir: que el multitudinario culto popular a la Virgen de Guadalupe que se profesa en México, no es sino la heredad del mismo culto precolombino a Quetzalcoatl (de la misma forma que -en el Perú- el Cristo Morado o “señor de los Temblores” no es sino el Pachacámak tawantinsuyano vestido de cristiano).
En síntesis, en este pasaje bolivariano descubrimos que este personaje, además de estratega, político, soldado…fue también un pionero de lo que hoy se conoce como “etnología”.


Los americanos meridionales tienen una tradición que dice: que cuando Quetzalcoatl, el Buda de la América, resignó su administración y los abandonó, les prometió que volvería después que los siglos designados hubiesen pasado, y que él restablecería su gobierno y renovaría la felicidad. ¿Esta tradición, acaso no excita una convicción de que muy pronto debe volver? Conciba Ud. cuál sería el efecto si un individuo apareciendo entre indios y mestizos demostrase los caracteres de Quetzalcoatl, el Buda del bosque, o Mercurio, del cual han hablado tanto las otras naciones. ¿Acaso no es la unión todo lo que se necesita para poner a los americanos en estado de expulsar a los españoles, sus tropas, y los partidarios de la corrompida España, para hacerlos capaces de establecer un imperio poderoso, con un gobierno libre y leyes benévolas?

Creo que ‘causas individuales’ pueden producir ‘resultados generales’, sobre todo en las revoluciones. Pero no es el héroe, gran profeta, o dios del Anáhuac, Quetzalcoatl, el que es capaz de operar los prodigiosos beneficios. Y es que este personaje es apenas conocido del pueblo mexicano y no ventajosamente, tal es el atentado contra la memoria colectiva; tal es la suerte de los vencidos aunque sean sus dioses. Sólo los historiadores y literatos se han ocupado cuidadosamente en investigar su origen, misión, sus profecías y el término de su carrera.

Se disputa si fue -Quetzalcoatl- un apóstol de Cristo o bien pagano. Unos suponen que su nombre quiere decir Santo Tomás; otros que Culebra Emplumada; y otros dicen que es el famoso profeta de Yucatán, Chilan-Cambal. En una palabra, los más de los autores mexicanos polémicos e historiadores profanos, han tratado con más o menos extensión la cuestión sobre el verdadero carácter de Quetzalcoatl.

El hecho es, según dice el padre Acosta, que Quetzalcoatl funda una religión, cuyos ritos, dogmas y misterios tenían una admirable afinidad con la de Jesús, y que quizás es la más semejante a ella. No obstante ésto, muchos escritores católicos han procurado alejar la idea de que este profeta fuese verdadero, sin querer reconocer en él a un Santo Tomás como lo afirman otros célebres autores. La opinión general es que Quetzalcoatl es un legislador divino entre los pueblos originarios de Anáhuac, del cual era lugarteniente el gran Moctezuma, derivando de él su autoridad. De aquí que se infiere que nuestros criollos mexicanos no seguirían al gentil Quetzalcoatl, aunque apareciese bajo las formas más idénticas y favorables, puesto que profesan una religión -católica- la más intolerante de todas.

Felizmente los directores de la independencia de México han aprovechado el fanatismo popular, proclamando a la famosa Virgen de Guadalupe por ‘reina de los patriotas’, invocándola en todos los casos arduos y llevándola en sus banderas. Con esto, el entusiasmo político ha formado una mezcla con la religión que ha producido un fervor mestizo por la sagrada causa de la libertad. La veneración de esta imagen en México, de heredad precolombina, es superior a la más exaltada que pudiera inspirar el más diestro profeta.

   
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¡Hagamos añicos la “leyenda negra” (criollo-prochilena) contra el Cáceres-Tayta!
A PROPOSITO DEL FUSILAMIENTO DE GUERRILLEROS ORDENADO POR EL “GAMONAL CACERES”


En cuanto al “gamonal-terrateniente” Cáceres, recordemos que la extracción de etnoclase no depende de uno, más bien sí la conciencia e identificación de tal. Refiérase que Manco Inka era un príncipe; Túpac Amaru fue empresario (megatransportista que poseía un centenar de recuas de mulas en el itinerario Tucumán-Cusco-Callao, como equivalente actual de Cruz del Sur o CIVA) y terrateniente (latifundios en Tinta, Tungasuca y Surimana). A su vez, Pumacahua era también terrateniente y General del Ejército Realista (“brigadier”)… Es decir, que poseer determinado título o grado “de élite”, no impide ser revolucionario o héroe de resistencia anti-extranjera. ¿Acaso Lenin fue proletario, o Mao campesino?

Recuérdese que Cáceres, acusado de “comunista” por el criollismo pro-chileno, propició (en pos de consolidar la base campesina de su ejército) la captura de haciendas en la sierra central, 25 años antes que el agrarista mexicano Emiliano Zapata en Chiapas y 80 años que Hugo Blanco en Chaupimayo.

En esta faceta agrarista es que se le suele criticar al “gamonal Cáceres” el fusilamiento de ciertos jefes guerrilleros del valle del Mantaro, que en plena guerra civil de la posguerra (caceristas Vs. Iglesistas) propugnaban una franca reforma agraria, parcialmente iniciada durante lo más crudo de la resistencia antichilena (una cuarentena de haciendas capturadas a los terratenientes colaboracionistas con el invasor).

La razón del “paredón cacerista” fue simple: la prioridad era Chile. El tratado de Ancón, lesivo a la integridad territorial, contemplaba para 1894 la ejecución de un plebiscito sobre el destino conjunto de Tacna y Arica, que inobjetablemente sería favorable al Perú no obstante la brutal chilenización de esas provincias cautivas. Por consiguiente, había que centrar esfuerzos en deponer al traidor Iglesias (títere de Chile) a fin de garantizar la reivindicación territorial para aquel cercano 1894.

Es decir, urgía un frente interno pacificado en pro de esa recuperación, de ser posible “manu militari”, para lo cual se hacía imperativo priorizar la geopolítica externa a la sociopolítica interna. Y de eso no podían ser conscientes aquellos jefes guerrilleros para quienes la “patria chica” primaba sobre la “patria grande”.

Además, en tiempos en que aún no existía una sola célula comunista en el continente, en que ni siquiera había nacido Mariátegui, ¡pues sería demasiado exigirle –con perspectiva de s. XX ó s. XXI– un programa socialista/agrarista al Cáceres-Tayta! Entiéndase que, tal como demostró desde Pisagua y Tarapacá hasta la Breña y Huamachuco, fue el guerrero máximo que tuvimos ante el invasor, y que su mérito más que todo reside en haber puesto en pie de guerra al país profundo vía los ejércitos populares y andinos que accionaron la más grandiosa campaña de un ejército cobrizo desde los tiempos de Pachacútek… (Lo cual constituye “pecado” desde perspectiva criolla de derecha pizarrista como de izquierda almagrista).

A manera de epílogo, al final la traición criolla –vía Piérola– se impuso con la otra guerra civil (1894-95), en que el “Califa”, zarpando desde Valparaíso desembarca en Pisco, financiado por Chile, provocando –en sangrientos combates en la misma urbe limeña– el derrocamiento de Cáceres. Y con ello, asegurando para Chile la cautividad por medio siglo de la heroica Tacna.