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El toro andinizado: entre el Taki Onko y el Toro Pucllay
CINCO SIGLOS DE TAUROMAQUIA INKAIZADA EN EL PERU


Desde el templo helénico de Minos hasta el Toropucllay andino, la tauromaquia ha integrado a las razas humanas en función a la majestuosidad del toro. No obstante, en el continente Abya Yala, solamente en los Andes es que esa tauromaquia ha sido expropiada por los pueblos invadidos integrándola a su bagaje etnocultural telúrico.

MINOS Y ALTAMIRA
El vestigio primigenio de la tauromaquia se haya en la isla de Creta, en pleno Mediterráneo adyacente al litoral sur de Grecia. En las ruinas del mítico palacio de Minos el visitante aún puede apreciar los frisos de 4000 años atrás representativos de “enfrentamientos” entre hombres y toros, de lo que hoy se considera la referencia precursora de la “corrida”.

Por supuesto, en esa antigüedad la lid hombre/bestia era –si hemos de conjeturar en base a los frisos– más “acrobática” y sin arma blanca de por medio, ni mucho menos capote; estos últimos, “utensilios” que muy posteriormente fueron incorporados en la Hispania del Medioevo, y como tal “exportado” a las colonias criollas del continente Abya Yala.

Se puede decir, entonces, que la corrida de toros constituye, en su elaboración milenaria previa a los viajes de Colón, un patrimonio cultural estrictamente euro-occidental en cuya evolución –de Creta hasta la península ibérica– han de considerarse aportes helénicos (empezando por la mitología del Minotauro: mitad hombre, mitad toro), romanos (que en su tolerancia religiosa hasta aceptaron la difusión del culto al “Apis” o buey sagrado de la colonia egipcia) y , por supuesto, cantábricos (hispanos), cuyas referencias prehistóricas pueden referirse desde las pinturas rupestres de Altamira, en donde artistas neanderthales plasmaron en las cavernas su homenaje a la majestuosidad bovina.

TORO INVASOR
Centrándonos en la tierra tawantinsuyana de Abya Yala, en donde la naturaleza nos privó de tal especie, pues aquí esa tauromaquia formó parte de la invasión extracontinental, cuyo impacto emocional fue tan contundente como el de la caballería letal “anticobriza”.

Garcilazo, en sus “Comentarios”, narra cómo fue la llegada de los primeros toros al Qosqo:

“…Multitudes de indios, allá por 1.550, iban de todas partes a ver aquellos primeros bueyes de propiedad de un español llamado Antonio de Altamirano, quedando atónitos de animales tan monstruosos y nuevos para ellos. Como los animales, en yunta, labraban un campo, decían –los indios– repuestos de su asombro, que los haraganes españoles por no trabajar forzaban a aquellas bestias a que les hiciesen lo que ellos debían de hacer. Los gañanes que araban eran indios previamente adiestrados...”.

En definitiva, la tauromaquia en América nace como hija de la invasión y criada del criollismo, que sin más referencias que las de su “madre patria” hispánica, en medio de una demografía cobriza de la cual siempre desconfiaron, no hace más que imitar la costumbre torera con sello pizarrista.

El coso de Acho, inaugurado en 1768, es una obra estrictamente colonial que no pierde vigencia en la actual republiqueta criolla, cuya capital (la ciudad más alienada y acomplejada del continente) no cesa de importar a sus manoletes, niños de la capea, cordobeses y paquirris todos los meses de Octubre, como contraparte al multitudinario culto al Cristo Morado que no es sino el Pachacámac cobrizo disfrazado de cristiano.

TORO INKAIZADO
Sin embargo, la idiosincrasia cobrizo-andina, a lo largo de siglos supo influenciar en la tauromaquia hispano-criolla mestizándola en una versión telúrica cuyo zenit lo tenemos en un “Toropucllay” en el que combaten el toro del Mio Cid versus el kuntur de Pachacútek, en un ámbito etnogeográfico que justamente coincide con el de la expansión del Taki Onkoy pachakamista mediante el cual el clero incaico resistió la embestida del inquisidor clero occidental de los valverdes, areches y ciprianis... No es, por ende, casual que precisamente sean las regiones “de la mancha india”, de Ayacucho, Huancavelica, Apurímac y partes altas del Cusco, en donde el Toropucllay mantiene su vigencia. Y es que el runa-andino, así como conquistó al equino invasor mediante la destreza de los jinetes indios de Manco Inka en la batalla de Uripa (1536) o con los guerrilleros morochucos del Cangallo rebelde (1821-1824), pues en cuanto arte taurino, dicha “expropiación etnocultural” no solo lo hace mediante el artesanal “Torito de Pucará”, sino épicamente vía un Toropucllay en el que el Kuntur Incaico se bate lealmente con el bovino andinizado en un telúrico escenario integrador... y que solamente en un régimen etnocacerista se impondrá en Acho, dando fin a la acomplejada corrida criolla imitadora del extranjero.

   

El cine “no oficial” (o sea insurgente) sigue siendo una necesidad popular
“VIDAS PARALELAS” O PELICULA CON UNIFORME


Desde la producción del cineasta “etnicista” Federico García (Túpac Amaru; Kuntur Wachana...), no ha habido el contrapeso a la filmolografía criolla y alienada... más aún de tiempos de la guerra interna. Problema grave para el movimiento de liberación del país profundo y dignamente resentido.

Como toda expresión cultural, el cine también tiene su respectivo sello de etnoclase, que en un ambiente subdesarrollado y dependiente del extranjero solamente puede producir “films de imitación”. Esto es lo que acaece con la reciente producción criolla “Vidas Paralelas”, que además constituye grosera versión de parte (de la “parte contrasubversiva”, vale decir made in manual del Pentágono).

No podría ser de otro modo, puesto que es una coproducción entre el Ejército y la Univ. “Alas Peruanas”, esta última fundada y regentada por oficiales y suboficiales retirados de las FFAA. Más aún: la directora del film –Rocío Lladó– es a la vez catedrática de la mentada universidad. Inclusive el guionista, Carlos Freyre, es miembro activo del Ejército. ¿Qué más? Que al estreno acudieron el Comandante General del EP, Edwin Donayre, acompañado por el rector de “Alas Peruanas”, Fidel Ramírez.

La trama es sencilla: dos paisanos y amigos de una población ayacuchana toman rumbos diferentes en su adolescencia, uno como universitario y el otro como cadete… enfrentándose ambos en la guerra interna en la dicotomía subversión-contrasubversión.

Por supuesto, la película busca mostrar al público el “sacrificio” de las fuerzas estatales “defensores de la timocracia”, mientras que paralelamente se muestra a los “terroristas” como extraviados e insanos, en la medida que se considera tácitamente al “resentimiento” como anomalía sicosocial… cuando en realidad resulta algo natural y síntoma de salud mental en un medio tan corrupto y racista, como lo es la sierra sur. Definitivamente que ni la directora ni el guionista leyeron a Arguedas, y por ende ignoran el significado de la expresión “rabia arguediana” acumulada de siglos. No: prefirieron imitar los eslóganes y poses (forzadas y a veces fuera de contexto) de las series norteamericanas referentes a Vietnam. Solo faltaba un Silvestre Stallone o Chuck Norris con uniforme criollo para completar la faena desinformativa.

Sin embargo, algo que se puede rescatar del film, y que entendemos no fue previsto por los productores, es que el epílogo insinúa tácitamente la necesidad de una reconciliación, la cual –como es obvio– no podrá plasmarse sin la amnistía general para ambos bandos.

“Vidas Paralelas” forma parte –ya– de un género “de guerra interna” que en el Perú tiene en su archivo a: “La boca del lobo”, “La vida es una sola” y “Paloma de papel”, entre otros. Otra razón más para reconocer que el accionar guerrillero de SL como del MRTA fue un HECHO SOCIAL sin el cual sería incomprensible el tránsito histórico –de la sociedad peruana– del s. XX al s. XXI.

Con sus 70 mil espectadores en 2 semanas, se puede decir que la película constituye un éxito comercial que muy bien podría emular al que tuvo la “Boca del Lobo” de Pancho Lombardi a fines de los 80’s. La razón estriba en que de una u otra forma la población en general se siente (y es) parte de la conflagración social que ensangrentó al país entero.

Ya llegará el momento en que cineastas independientes e inmersos en la idiosincrasia del país profundo y provinciano, expresen su versión fílmica “de parte”. Entonces el público expectará, recién, la historia no oficial, por lo normal clandestina… que desde la resistencia incaica de Vilcabamba se calumnia como “terrorista”.