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Siete años de revolución sin crisis (con Velasco) y cinco años de crisis sin revolución (con Morales Bermúdez)” “...Si tuvieras que definir la Revolución en muy pocas palabras, ¿cómo lo harías?
Velasco Alvarado pensó unos instantes y luego respondió: - Más de medio siglo que hemos caminado en sólo siete años. Un gran salto que nadie puede ignorar”. (Los últimos días de Velasco / ¿Quién recoge la bandera?, de Augusto Zimmermann Zavala, 1978) . En la madrugada del 3 de octubre de 1968, Juan Velasco Alvarado, General de División y Presidente del Comando Conjunto de las FFAA, con un grupo de generales y coroneles, dio un golpe de Estado y depuso al presidente Belaunde, deportándolo a la Argentina. El “Acta de Talara” fue el detonante; el atraso económico-social y tecnológico, el fundamento; la reprimida guerrilla del 65, la reflexión en busca de un nuevo horizonte popular y patriótico. Transcurridos más de 40 años nadie puede negar que el gobierno militar encabezado por el General de los pobres, fue el inicio de una experiencia política que trastocó fundamentalmente las viejas estructuras de poder y significó la dignidad para el pueblo peruano. Con sus tesis: “la tierra para quien la trabaja”, “democracia social de participación plena” y, principalmente, “Pueblo y Fuerzas Armadas”, removió los cimientos de la oligarquía feudal, quebrandole el espinazo. Su protagonista principal, conductor, motor, cerebro y alma, fue vilipendiado, injuriado, escarnecido por los poderosos (“Bestia”, “ex-bípedo”, “pobre diablo”, en las páginas de “Caretas” de Enrique Zileri); pero ensalzado por las multitudes que se beneficiaron con sus reformas y santificado por sus seguidores más cercanos. El movimiento popular y sindical le dio su justo e histórico lugar. Nacionalizaciones, expropiaciones, redistribución de la riqueza, transferencias, marcan claramente la etapa revolucionaria del régimen desde 1968 hasta 1974; cuando se detiene el engranaje en agosto de 1975, con el traidor Morales Bermúdez empieza el retroceso, la desarticulación y la contrarreforma pro-oligárquica. En el colmo, Belaunde había implementado la farsa del “Acta de Talara” por la que la International Petroleum Company (IPC) supuestamente devolvía la explotación del petróleo al Estado Peruano, mientras que la realidad era otra: Se trataba de la entrega de nuevas zonas de exploración y explotación para la IPC y de que la Empresa Petrolera Fiscal trabajase para la empresa norteamericana, vendiéndole el petróleo al ínfimo precio de 2.30 dólares el barril. ¡Y la página 11 del contrato en el que figuraban estas granjerías, desapareció! Las FFAA, en su “Plan Inca”, trazaron un derrotero político que involucraba la realización de una “revolución nacionalista, independiente y humanista. No obedecerá a esquemas ni dogmas. Sólo responderá a la realidad peruana”. Para lograrlo, se planteó la tarea de redimensionar el Estado, para lo que, en primer lugar, se crearía una sólida empresa estatal encargada de todas las actividades petroleras. Asimismo, cumplió en ejecutar una profunda Reforma Agraria. Para ello, expropiaron los complejos agroindustriales de la costa, como Cartavio, Cayaltí, Tumán y otros que fueron entregados a sus trabajadores, los cuales se organizaron en cooperativas agrarias de producción. En el régimen laboral también se hicieron reformas. Se creó la “Comunidad Laboral a través de la cual el trabajador participará en la gestión, utilidad y propiedad de la empresa”. Se crearon, asimismo, los ministerios de la Producción, de Industria, Comercio y Turismo, de Energía y Minas, de Pesquería y el de Vivienda, además de unificar los servicios de Transportes y Comunicaciones en un solo sector. Entre otros asuntos, enfocó también la Reforma de la Educación y la Socialización de la Prensa, que hasta ese momento sólo había servido a los intereses de un pequeño grupo de oligarcas y capitalistas en perjuicio de los intereses nacionales. En lo internacional, el gobierno militar sostuvo una política tercermundista, y antiimperialista. Estableció relaciones diplomáticas con los países socialistas, comenzando con Yugoslavia, donde gobernaba el Mariscal Tito. Después lo haría con la Unión Soviética, China, Cuba, Corea y Vietnam del Norte. Con el gobierno de Velasco, por primera vez, el Perú obtuvo una real independencia política, por ende etnonacionalista y revolucionaria. “¿No son acaso revolucionarios la recuperación de la Brea y Pariñas y la creación de Petro Perú? ¿No es revolucionaria la Reforma Agraria, la entrega de la tierra para quien la trabaja, la nacionalización de los recursos mineros, de los ferrocarriles, de la Marcona, y principalmente el levantamiento del orgullo cholo? Hasta hubo revolución en los deportes; el fútbol comienza a ir a los mundiales (México 70) y el voley a arrasar en Latinoamérica. Es entonces que los bastiones del poder pro extranjero comienzan a caer: Expreso, El Comercio, la Tv derechista, la CONACI, los consorcios empresariales criollos, y, en fin, temblarían los agringados barrios racistas de San Isidro, Miraflores, Casuarinas y Punta Hermosa de agentes extranjeros “con DNI”. Y es que a medida que comienzan a caer, Velasco creaba otros símbolos: Túpac Amaru, la CNA, la CONACI, la CTRP, hechos y creados para forjar el poder popular. Además de marcar el fin de los grupos oligárquicos agroindustriales, el fin del gamonalismo y de la pseudo aristocracia, produjo la posibilidad de una mayor dinámica en la creación y fortalecimiento de organizaciones populares y sindicales; sobre todo, en el campo. “En el Cusco, una anciana se arrodilló para decirle Taita, y él se arrodilló ante ella para levantarla y decirle sin palabras, nunca más hagas esto, ante nadie”. (“Los últimos días del General Velasco / Augusto Zimmermann). “Sabemos que el gobierno revolucionario será atacado, las tenebrosas fuerzas de la oligarquía interna y externa defenderán hasta sus últimos esfuerzos los baluartes de privilegio y de dominio que han detentado siempre”, había profetizado el General Velasco. Parafraseando a Pablo Macera, diremos que si algo realmente se transfirió, con la experiencia del gobierno militar, fue el miedo, que hasta antes era patrimonio de los pobres y que ahora lo sentían también los poderosos. Cuestión aparte y separada es el régimen militar del felón Morales Bermúdez. Nunca existió la falsa e hipocritona “Segunda Fase”. Las abismales diferencias entre los gobiernos del General Velasco y el general Morales quedaron acertadamente sintetizadas en las palabras de Héctor Cornejo Chávez: SIETE AÑOS DE REVOLUCIÓN SIN CRISIS (con Velasco) Y DOS AÑOS DE CRISIS SIN REVOLUCIÓN (con Morales Bermúdez); y lo dijo lapidariamente en 1977, cuando estaba en el poder el aludido general. Para el pueblo fue y es así. |