Las “tierras del pueblo”, principal preocupación social del Tawantinsuyo
“TUPU”: MEDIDA AGRARIO-PROTEINICA DE LA FAMILA INCAICA


Dentro de las leyes perro-hortelaneanas que García se ha visto obligado –a consecuencia del “Amazonazo”- a recular, figura una que establecía un tope de 40,000 hectáreas de propiedad individual, obviamente con la intencionalidad de facilitar el retorno del latifundio, haciendas y gamonalismo que hace 40 años el Régimen de Velasco demolió con la ley de Reforma Agraria de “tierra para quien la trabaja”. Vale la pena, pues, revisar cual era la medida individual de tierra agraria en el incario.

En el Tawantinsuyo NO HABIA PROPIEDAD SOBRE LA TIERRA, la cual se dividía para 3 estamentos:
- Los ayllus (comunidades): TIERRA DEL PUEBLO, las más extensas y de mejor calidad “…cuidándose de que su extensión pudiese asegurar una alimentación abundante a los habitantes de cada comunidad…” (Garcilaso).
- El Estado Teocrático: TIERRAS DEL SOL Y TIERRAS DEL INKA, cuya producción se destinaba para la manutención de la administración estatal, del Inka y su Corte de funcionarios, del Ejército y –principalmente- para mantener llenos los depósitos de reservas alimenticias (Kollkas).

En cuanto a las Tierras del Pueblo, éstas jamás dejaban de ser de PROPIEDAD COLECTIVA , en la que, previa rotación, se le adjudicaba determinada porción –“TUPU”- a cada miembro adulto(a) en función a su carga familiar.

¿Y cuál era la extensión de dicho “topo”? Dependía de la calidad de la tierra y su topografía de pampa, andén o ladera. Recurramos, al respecto a Louis Baudin (“L’Empire Socialiste des Inkas”):
“…La extensión de terreno que se consideraba suficiente para alimentar a una pareja adulta sin hijos es una unidad económica llamada ‘tupu’, palabra aymara que significa ‘medida’. El runa andino recibía del ayllu un tupu el día que toma mujer y ya no es alimentado por sus padres, recibiendo medio topo adicional por cada hijo(a). ¿Cuánto medía exactamente un tupu? Según Garcilaso, equivale a 1.5 fanegas (0.6 hectáreas). A su vez, Markham concluye que su superficie era en promedio de 60 pasos de largo por 40 de ancho, o sea 2,000 metros cuadrados, equivalentes a un quinto de hectárea.
La diversidad de datos de otras investigaciones, dan un promedio aproximado de media hectárea. Definitivamente, era una medida de superficie bastante elástica. Era, pues, de extensión variable, lo cual era lógico: hubiese sido absurdo uniformizar las superficies de manutención agraria en regiones diferentes a otras en topografía, calidad de tierra y clima, puesto que una extensión de terreno que bastaría a una familia para subsistir en una región fértil es completamente insuficiente para esa misma familia en una región estéril.

Este modo de distribución del tupu, muestra que para las inkas el ayllu era atendido primero, ya que su parte debía ser igual al número de sus miembros multiplicada por la superficie de tupu considerada necesaria para la subsistencia proteínica. Recién, entonces, una vez satisfecha la necesidad popular, se determinaba –con el excedente- lo que correspondía al Sol y al Inka.

Más sabiduría y amor por sus gobernados de parte de una Estado, muy difícil de hallar en la historia humana…”

 
El ADN cobrizo se impone al acomplejado concepto “latino
¿LATINOAMERICANOS O INDOAMERICANOS?

“Soy latinoamericano”, “somos latinos”, “etc”, se dice y redice entre todos o casi todos los habitantes del continente americano (Abya Yala), desde la frontera gringo-mexicana hasta la Tierra del Fuego. Sin embargo, tal terminología es una falacia, más aún en las poblaciones de hegemónica estirpe racial cobriza, negra o amarilla…, vale decir, “de color” humilde: no blanco.

MONROE Y SUS CORRALES
En 1823, luego de independizada de España la última republiqueta criolla de Sudamérica (el Alto Perú, que luego tomaría el nombre de “Bolivia”), el entonces presidente de EEUU de NA –James Monroe- reconoció todo aquel proceso independentista (o separatismo criollo) de sus futuros “corrales traseros”, para inmediatamente proclamar (en discurso efectuado ante el Congreso instalado en Washington) lo que la geopolítica mundial conocería como DOCTRINA MONROE, que establecía uno de los pilares principales de la política exterior norteamericana: “AMERICA (toda) PARA LOS (norte)AMERICANOS”; lo cual equivalía a notificar a todas las potencias europeas que se abstuvieran de cualquier intento de recolonización y/o invasión a Centro y Sudamérica. Vale decir, la floreciente potencia angloamericana ubicada en el norte del Continente Abya Yala, a la vez que exterminaba a los cobrizos pieles rojas, cuadraba a sus corraciales europeos: “no jodan en mi continente y ni toquen a mis nativos indios, esclavos afros o sirvientes coolíes, así como nosotros –EEUU de NA- no interferiremos en vuestros corrales asiáticos, africanos o australianos, en donde también someten a los humanoides ‘de color’ subdesarrollado”, fue –en resumen– el mensaje.

MEXICO Y NAPOLEON III
Por entonces, las potencias europeas solo optaron por mantener silencio, ya que aún se hallaban convalecientes de la gran sangría de las guerras napoleónicas recientemente culminadas en Waterloo (1815), las cuales habían trascendido con similar magnitud, a inicios de ese XIX, que la Primera Guerra Mundial (en verdad inter-europea) a inicios del s. XX.

Tuvieron que pasar 40 años para que recién se diera la primera “embestida” europea que disputara algún “corral trasero” a Washington: la invasión francesa a México (1864-1867). La segunda embestida sería contra Perú y Chile, por España –en 1866–, culminada en el combate del Callao del 2 de Mayo.

Retornando a la embestida contra México, ¿sabe –amigo lector– cuál fue el Manifiesto Político de Napoleón III –entonces emperador francés- de tal invasión?: LA INSTAURACIÓN DE UNA AMERICA LATINA QUE CONTRAPESASE A LA (NORTE)AMERICA ANGLOSAJONA. Por supuesto, los teóricos franceses y el mismo Napoleón III entendían el concepto “latino” en su entera acepción étnica: la variedad latina (francos, italos, hispanos) de la raza blanca dominando todo el territorio continental de Abya Yala comprendido desde la frontera norte de México hasta el Polo Sur. Y es que eran varias las potencias europeas –ansiosas de expandir sus colonias- que se alarmaban por la creciente expansión anglonorteamericana hacia el Oeste (vía el genocidio piel roja) y el Sur (vía la compra de Texas y un par de guerras contra los mexicanos). Por supuesto, a los europeos latinos les importa un rábano el etnocidio cobrizo y las matanzas de mestizos mexicanos, pues en todo caso –y con gran y alegre prontitud- se “repoblarían” dichos territorios vacíos, cual “tierra (ajena) prometida”, con colonos europeos “de raza superior”.

Es así que lo primero que hace el buen Maximiliano de Austria (a quien Napoleón III instalara como arlequín en el trono de México) al desembarcar en Veracruz acompañado por su ambiciosa consorte, Carlota de Bélgica, fue la “instauración de los Estados Unidos Latinos de América”. Pero, mala suerte para él, las guerrillas mestizo-cobrizas del indio Benito Juárez lo derrotarían y fusilarían al cabo de 3 años en Querétaro.

ACOMPLEJADOS CULTURALMENTE
No obstante, el cerebro mestizo de los centro y sudamericanos ya había quedado dañado: se tragaron el concepto “latino” autoaplicándoselo a ellos mismos, cual franchutes, ítalos o españoles de pura cepa recolonizadora, o sea enemiga.

¡Tan simple proclamarse COBRIZO, o hasta “indio”, o –por último- cholo arrebatado!

En todo caso aquel término podría, sí, tener base etnocultural en las republiquetas criollas “sin problema del indio, del negro o del amarillo”. O sea que latinoamericano podría ser el común denominador de los argentinos, chilenos, uruguayos, costarricenses, etc… así como de los minoritarios sectores criollos del Perú, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Nicaragua, etc... eminentemente acriollados en función al ADN hegemónico euro-blanco.

Sépase que ni siquiera Bolívar, el criollo más lúcido y guerrero del s. XIX, visualizó, en sus “Cartas de Jamaica” o en su sueño bolivariano de los “estados unidos sudamericanos”, el término “latina(o)”, por la sencilla razón que era consciente que anglos y latinos eran parte de la etnia opresora e invasora, de la cual el criollo (o español-americano) debía cuanto antes emanciparse no solo en lo político sino principalmente en lo etnocultural. ¿Cuál debía ser la referencia local? Pues lo autóctono: vía el mestizaje con el cobrizo, particularmente en sus bastiones de resistencia étnica: Los Andes.

Ergo: ¡Indoamérica antes que Latinoamérica!